miércoles, 6 de mayo de 2020

“Algo grave va a suceder en este pueblo”. García Márquez.

MIS PERLAS LITERARIAS 31
29-04-2020
En vísperas de esta alarma, cuando entré en un supermercado y vi las estanterías completamente vacías, lo primero que sentí fue un latigazo a lo largo del espinazo con una sensación de miedo, terror y pánico como si fuera “veneno amasao” en palabras de José Mota. Acto seguido, se me resucitó instantáneamente el recuerdo de un cuento de García Márquez que, cuando lo leáis, descubriréis por qué. Se titula “Algo grave va a suceder en este pueblo” y, según parece, lo contó el autor de viva voz en varios ocasiones pero no lo publicó por escrito. Como no es muy largo, os lo dejo completo:
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviendoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.

P.D. Este cuento no debe servir de ejemplo para nadie, sino justamente todo lo contrario y, como los medicamentos, debe dejarse fuera del alcance de los niños. Y también de las niñas, que nunca se citan, pobreticas mías, en los prospectos farmacéuticos,

“Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo”. Don Juan Manuel

MIS PERLAS LITERARIAS 30
28-04-2020

Los gobiernos de los países paralizados por este virus autocoronado se están mareando sobre sus decisiones para contentar a todos, pero eso no puede ser y, además, es imposible. Esta pandemia es nueva pero el hecho de que nunca llueva a gusto de todos es tan viejo como la lluvia, o como la sequía, según el tiempo. Pues eso, que ya ha llovido o salido el sol muchas veces desde que lo ejemplificara, en el siglo XIV, Don Juan Manuel en su “Conde Lucanor”, concretamente en el cuento II, titulado “Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo”, que os extracto:

Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras la bestia iba sin peso alguno. (...)
Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura. (…) se encontraron con otros hombres que empezaron a comentar la equivocación del padre, que, siendo anciano y viejo, iba a pie, mientras el mozo, que podría caminar sin fatigarse, iba a lomos del animal. (…)
Entonces el padre mandó a su hijo bajar de la bestia y se acomodó él sobre el animal. Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues él, que estaba acostumbrado a los más duros trabajos, iba cabalgando, mientras que el joven, que aún no estaba acostumbrado a las fatigas, iba a pie. (…)
Inmediatamente el padre mandó a su hijo subir con él en la cabalgadura para que ninguno caminase a pie. Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir que la bestia que montaban era tan flaca y tan débil que apenas podía soportar su peso, y que estaba muy mal que los dos fueran montados en ella. (…)
Entonces el padre se dirigió al hijo con estas palabras: (…) He hecho todo esto para enseñarte cómo llevar en adelante tus asuntos, pues alguna de aquellas monturas teníamos que hacer y, habiendo hecho todas, siempre nos han criticado. Por eso debes estar seguro de que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; por el contrario, si es mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar ni dar por buena esa mala acción. Por eso, si quieres hacer lo mejor y más conveniente, (…) no dejes de hacerlo por temor al qué dirán, a menos que sea algo malo, pues es cierto que la mayoría de las veces la gente habla de las cosas a su antojo, sin pararse a pensar en lo más conveniente.
P.D. Los consejos del padre los veo muy acertados con respecto a los buenos y los malos, pero lo malo es cuando unos y otros están tan revueltos que ya no los conoce ni la madre que los parió.

"Los seis ciegos y el elefante". Cuento oriental.

MIS PERLAS LITERARIAS 29
28-04-2020
No es que me haya tomado un descanso en esta serie, es que he estado tres días sin conexión. No os vais a librar de mí así porque sí.

Todos estamos viendo la controversia surgida sobre el origen de esta pandemia, su gestión y sus posibles consecuencias. Yo también tengo mi opinión pero, con tanta noticia contradictoria, ya no sé si estoy en lo cierto, en lo incierto, o en lo falso. Esto me ha recordado el cuento oriental anónimo de “LOS SEIS CIEGOS Y EL ELEFANTE”, que escuché de labios de un antiguo maestro y que podréis rastrear en internet. Ahí va.

Había seis ciegos que competían para ver quién era el más sabio. Un día, discutiendo sobre la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo porque ninguno había tocado nunca semejante animal. Así que decidieron buscar un ejemplar para salir de dudas.

Precedidos de un lazarillo, se adentraron en la selva. Cuando éste les dijo que estaban al lado de un gran elefante, esta fue la experiencia y la conclusión de cada uno:
El primero tropezó y chocó contra el costado del animal: “El elefante es como una pared de barro secada al sol”.
El segundo, con las manos extendidas, fue a dar con los colmillos: “La forma de este animal es como la de una lanza”.
El tercero agarró la trompa notando su forma y movimiento. “Es como una larga serpiente”.
El cuarto sabio se acercó por detrás y tanteó la cola del animal: “Es igual que una vieja cuerda”.
El quinto se encontró con la oreja: “Es como un gran abanico plano”.
El sexto, que era el más viejo, encorvado y apoyado en su bastón, se topó con una de sus patas: “Tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.
Satisfecha así su curiosidad, cuando retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante, cada uno creía estar en lo cierto y que todos los demás estaban totalmente equivocados.

“Días y flores”. Silvio Rodríguez

MIS PERLAS LITERARIAS 28
24-04-2020
Una tarde ya lejana, paseaba yo sin rumbo por la Explanada de Alicante y me detuve mirando a un joven, de pelo largo muy sucio y apestosa ropa mugrienta, que pintaba, en el mismo suelo y con tizas de colores, la imagen de un santo. En una esquina de su obra había un cartón con unas cuantas monedas y, al lado, cuatro versos escritos que, sin intentar aprenderlos, nunca he podido ni querido olvidar:
Si alguna vez regreso cansado
y sucio del tiempo,
es que vuelvo del mundo,
no de la montaña, no del mar.

Al oír mi calderilla en el cartón, me lo agradeció con su mirada aquel pintor de pelo radiante y ropa impoluta con olor a resina de pino y salitre de mar.
Me intrigaron aquellos versos sin conocer realmente al autor pero ahora, con el tiempo y la paciencia de esta cuarentena, he descubierto una versión en la penúltima estrofa de la canción “Días y flores” de Silvio Rodríguez. Pero sigo albergando la eterna duda del huevo y la gallina. Vaya hoy, mi modesto recuerdo, no para matar a estos dos pájaros de un tiro, sino con el deseo de que vivan para siempre.
No he querido usar la tijera porque esta canción es más hermosa sin podar.
Si me levanto temprano,
fresco y curado, claro y feliz,
y te digo: «voy al bosque
para aliviarme de ti»,
sabe que dentro tengo un tesoro
que me llega a la raíz.
Si luego vuelvo cargado
con muchas flores ―mucho color―
y te las pongo en la risa,
en la ternura, en la voz,
es que he mojado en flor mi camisa
para teñir su sudor.
Pero si un día me demoro
no te impacientes,
yo volveré más tarde.
Será que a la más profunda alegría
me habrá seguido la rabia ese día:
la rabia simple del hombre silvestre
la rabia bomba, la rabia de muerte
la rabia imperio asesino de niños
la rabia se me ha podrido el cariño
la rabia, madre, por Dios, tengo frío
la rabia es mío, eso es mío, sólo mío
la rabia bebo pero no me mojo
la rabia miedo a perder el manojo
la rabia hijo zapato de tierra
la rabia dame o te hago la guerra
la rabia todo tiene su momento
la rabia el grito se lo lleva el viento
la rabia el oro sobre la conciencia
la rabia coño, paciencia, paciencia.
La rabia es mi vocación.
Si hay días que vuelvo cansado,
sucio de tiempo, sin para amor,
es que regreso del mundo,
no del bosque, no del sol.
En esos días, compañera,
ponte alma nueva
para mi más bella flor.
P.D. Apuntaré que esta canción, grabada por el autor en 1975, fue censurada en España sólo por contener una palabra… ¡Coño con la censura!

Aventura de los batanes. "El Quijote". Cervantes

MIS PERLAS LITERARIAS 27
23-04-2020
Hoy, Día del Libro, es una cita obligada con el Quijote, convertido en símbolo de esta celebración. Buscando un episodio poco difundido, he elegido un fragmento del capítulo XX de la Primera Parte. Amo y escudero, en noche cerrada, llegan a un lugar donde oyen un estruendo aterrador. El caballero decide avanzar a caballo para enfrentarse a ese peligro desconocido pero Sancho, muerto de miedo, para no quedarse solo, traba las patas de Rocinante sin que lo advierta su amo, y se coloca junto a él. Ahí lo dejo:
En esto parece ser, o que el frío de la mañana que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese una cosa natural (que es lo que más se debe creer) a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no podía hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo; pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible, y así lo que hizo por bien de paz fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con lo cual bonitamente y sin rumor alguno se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían sin ayuda de otra alguna, y en quitándosela dieron luego abajo, y se le quedaron como grillos. Tras esto alzó la camisa lo mejor que pudo, y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto (que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia) le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció, que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero con todas estas diligencias fue tan desdichado, que al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo Don Quijote, y dijo: ¿Qué rumor es ése, Sancho? No sé, señor, respondió él. Alguna cosa nueva debe ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco. Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que sin más ruido y alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado; mas como Don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos no se llegasen a sus narices, y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro apretándolas entre los dos dedos, y con tono algo gangoso, dijo: Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo. Sí tengo, respondió Sancho: ¿mas en que lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca? En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar, respondió Don Quijote. Bien podrá ser, dijo Sancho; mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos. Retírate tres o cuatro allá, amigo, dijo Don Quijote, todo esto sin quitarse los dedos de las narices; y desde aquí adelante ten más en cuenta con tu persona, y con lo que debes a la mía, que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio. Apostaré, replicó Sancho, que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba. Peor es meneallo, amigo Sancho, respondió Don Quijote. En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo; mas viendo Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó a Rocinante y se ató los calzones.

“Cien años de soledad”. García Márquez

MIS PERLAS LITERARIAS 26
22-04-2020
Hoy, día 22, es el Día Internacional de la Madre Tierra, que cumple 50 años desde su proclamación y, a la vista de esta pandemia, me resisto a creer que sea una mera casualidad. Los peces han vuelto a las cristalinas calles de Venecia; los jabalíes, los ciervos, y otros animales más racionales que nosotros corretean a su anchas por las calles de las ciudades; y quién sabe, a lo mejor muy pronto se convierten en verdades las mentiras de nuestra canción de la infancia y veremos correr las liebres por el mar y por el monte las sardinas… ¡Ojalá!

Al hilo de lo dicho, mi perla de hoy es un fragmento de la novela “Cien años de soledad” de García Márquez.
Pero cuando murió Úrsula, la diligencia inhumana de Santa Sofía de la Piedad, su tremenda capacidad de trabajo, empezaron a quebrantarse. No era solamente que estuviera vieja y agotada, sino que la casa se precipitó de la noche a la mañana en una crisis de senilidad. Un musgo tierno se trepó por las paredes. Cuando ya no hubo un lugar pelado en los patios, la maleza rompió por debajo el cemento del corredor, lo resquebrajó como un cristal, y salieron por las grietas las mismas florecitas amarillas que casi un siglo antes había encontrado Úrsula en el vaso donde estaba la dentadura postiza de Melquíades. Sin tiempo ni recursos para impedir los desafueros de la naturaleza, Santa Sofía de la Piedad se pasaba el día en los dormitorios, espantando los lagartos que volverían a meterse por la noche. Una mañana vio que las hormigas coloradas abandonaron los cimientos socavados, atravesaron el jardín, subieron por el pasamanos donde las begonias habían adquirido un color de tierra, y entraron hasta el fondo de la casa. Trató primero de matarlas con una escoba, luego con insecticida y por último con cal, pero al otro día estaban otra vez en el mismo lugar, pasando siempre, tenaces e invencibles. Fernanda, escribiendo cartas a sus hijos, no se daba cuenta de la arremetida incontenible de la destrucción. Santa Sofía de la Piedad siguió luchando sola, peleando con la maleza para que no entrara en la cocina, arrancando de las paredes los borlones de telaraña que se reproducían en pocas horas, raspando el comején. Pero cuando vio que también el cuarto de Melquíades estaba telarañado y polvoriento, así lo barriera y sacudiera tres veces al día, y que a pesar de su furia limpiadora estaba amenazado por los escombros y el aire de miseria que sólo el coronel Aureliano Buendía y el joven militar habían previsto, comprendió que estaba vencida. Entonces se puso el gastado traje dominical, unos viejos zapatos de Úrsula y un par de medias de algodón que le había regalado Amaranta Úrsula, e hizo un atadito con las dos o tres mudas que le quedaban.
-Me rindo -le dijo a Aureliano-. Esta es mucha casa para mis pobres huesos.

Décima a Moratalla. Elías Los Arcos

MIS PERLAS LITERARIAS 25
21-04-2020
La solidaridad de nuestro pueblo en estos días tan trágicos me ha llevado a recordar los versos séptimo y octavo de una décima de Jesús Castaño -más conocido por su pseudónimo “Elías los Arcos”- que me emocionaron cuando los leí por primera vez, hace ya muchos años, y cuya emoción se me ha reavivado ahora más que nunca…
Por tu montaña escarpada
donde el pino se recrea,
por la divina marea
del trigo de tu cañada,
por esa paz derramada
al amor de tu olivar,
y por la gracia de dar
el corazón en la mano,
eres el pueblo murciano
que nadie puede igualar.
P.D. El autor nació en Moratalla en 1902 pero se trasladó muy joven a la vecina Caravaca, donde ejerció de taxista hasta 1960, año en que fijó su residencia en Palma de Mallorca donde murió en 1974. Es cierto que le tenemos dedicada una calle pero, quizá por aquello de que “nadie es poeta en su tierra”, creo que tenemos una deuda pendiente con su memoria…